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La Coctelera

manolopalazon

10 Abril 2006

Juan Lucas

Juan Lucas

Advertencia: el escenario y el momento histórico en que transcurre esta narración he procurado, dentro de las posibilidades de la memoria, que sean lo más aproximados a la realidad. Sin embargo, los personajes y el relato, aunque no son del todo inventados, no se corresponden, a veces, con los nombres asignados a ellos, aunque conservan algunas características que pueden identificarlos.

Capítulo 1. Juan Lucas

Todavía conservo la fotografía de “Kaíko”, con su dedicatoria: “Para mi amigo Manolito, como prueba de amistad. Juanín.” Se trata de una foto en blanco y negro, casi sepia, en la que “Kaíko” está con el uniforme de futbolista del equipo del barrio –el Mickey—con camiseta a rayas oscuras y blancas, calzones negros abrochados a la cintura con un cordón y que dejan al descubierto unas rodillas huesudas, muy delgadas; el resto de las piernas está cubierto con medias oscuras, deformadas por las espinilleras. Calza botas de reglamento, que le vienen algo grandes. Posiblemente --no viene fechada la foto—tendría por aquel entonces unos siete u ocho años. Su pelo es castaño claro, tirando a rubio, y peinado con raya al lado izquierdo, y en la coronilla forma un pequeño remolino que le da un aire divertido. En la frente se observa una cicatriz en forma de cruz, y tiene la cara moteada de pequeños puntos azulados. Los ojos son claros y vivarachos. La nariz recta, y la boca, de labios finos, dibujaba siempre una sonrisa. Las mangas de la camiseta son largas, y terminan con un elástico, pero lo que llamaba la atención era la manga izquierda, ya que ofrecía a la vista un muñón, debido a que Kaíko tenía amputada la mano y parte del antebrazo…
Verano del 39. Alicante. Todavía no ha pasado un mes desde que oímos por la radio la noticia del final de la guerra. Se acabaron los bombardeos, las precipitadas carreras hasta los refugios mientras suena la sirena… Aún no se habían reanudado las clases y ninguno de nosotros parecía reparar en que nuestras vidas iban a ser organizadas de nuevo. ¡Qué cercanos estaban los recuerdos de la escuela! ¡El maestro, un hombrecillo calvo y con mal genio, cuando se oía la sirena anunciando una incursión de la aviación fascista, dramatizaba el momento con un “¡cuerpo a tierra!” que obedecíamos echándonos al suelo, bajo los pupitres. Luego, a la salida, antes de entrar en casa, nos organizábamos en pandillas y recorríamos el barrio en busca de alguna huella del ataque.
Nuestra pandilla la mandaba siempre Kaiko, junto a su primo “Sevillita”, que, aunque algo mayor que él, le seguía adonde fuera con una lealtad entrañable. En total éramos cinco chiquillos, casi todos de unos cinco o seis años de edad.
El lugar preferido para nuestros juegos estaba, sin duda, en el Portón. El Portón era un gran solar a las faldas del Castillo de Santa Bárbara, lleno de escombros y restos de las murallas. En este gran solar destacaban tres puntos estratégicos: la muralla pequeña, la muralla grande y un semicírculo amurallado donde, durante la guerra, estaban los reflectores que detectaban con su potente luz a los aviones enemigos. Desde cualquiera de estas atalayas se podían distinguir las calles de Alicante: al frente, la avenida de Alfonso el Sabio y, al final, la Plaza de los Caballos (que pronto se llamaría de Los Luceros); a la derecha estaba el barrio de San Antón, con sus humildes terrados (algunos con gallineros y conejeras), sus tejados de uralita u hojalata. Allí vivía la gente más humilde: traperos, gitanos, etc. Visto desde las murallas, adoptaba la forma de un paralelepípedo, por lo que la llamábamos la “calle del ataúd”. A la izquierda podíamos ver las cúpulas de las iglesias de Santa María y San Nicolás y, allá al fondo, el deslumbrante azul del mar. No puedo recordar el nombre del poeta alicantino que escribió estos versos:

“Alacant, què guapa estàs,
mirant-te en eixa platera
d’aigua blava de la mar.
Guapa estàs quan amaneixes,
guapa a migdia y vesprà…
¡Guapa sempre!
¡Alacant, què guapa estàs!”

Nuestras expediciones al Portón iban siempre acompañadas de un afán de lucha con las bandas rivales de chiquillos del barrio. Al grito de “Voleu pedrega?” se respondía, invariablemente, con un cantazo que restallaba por encima de sus cabezas. Cuando un bando conseguía llegar a la muralla pequeña, los contrarios tenían que realizar una maniobra envolvente, que consistía en trepar hasta la muralla grande y, desde allí, conminarlos a una rendición sin contemplaciones. ¡Hasta la próxima!
Desde la muralla grande bajábamos al barrio chino, por donde pasábamos con los ojos abiertos como platos, mirando a las mujeres que esperaban a la clientela en las puertas de sus casas. Bajando los escalones de la calle Álvarez, que daban a la placeta de San Cristóbal, encontrábamos siempre a un mariquita sentado en el primero, con el pelo largo, teñido de rubio, los ojos y los labios pintados, un bolso lleno de perejil y limones y, en el brazo, un ramillete de flores de papel que ofrecía con gracia a los transeúntes. Cuando los soldados subían presurosos los escalones para llegar al barrio, “el Chache” (que éste era el nombre por el que se le conocía) les decía con voz plañidera, “¿Para qué queréis chochos ‘podríos’, habiendo culos como rosas?”
Otro personaje inquietante de aquellos tiempos era un hombre de raza negra, Juan Lucas, siempre borracho, tumbado en algún portal o en la entrada del bar Ruso, al pie del Portón. Desde una prudente distancia le gritábamos: <<¡Juan Lucas, botifarra negra…! ¡Tu madre en cueros…!>> Y el pobre diablo hacía ademán de perseguirnos, pero ni su curda ni sus pesadas piernas podían con nosotros, que huíamos a todo meter.
Una tarde que la pandilla iba buscando balas o “peines” entre los escombros del castillo dimos con la abertura angosta de una cueva. Nos adentramos medio a rastras por el suelo y, de pronto, oímos unos quejidos que nos pusieron los pelos de punta. Prestando más atención percibimos una voz estropajosa suplicando: <<¡Socorro, ayuda…! ¡Me muero…!>> Nuestra primera reacción fue de pánico, pero, por fin, nos arriesgamos a entrar y, con Kaiko al frente, vimos, a la luz de una vela, a Juan Lucas tendido en el suelo, con los pantalones manchados de sangre y envuelto en una manta mugrienta, una de aquellas mantas grises que llevaban los soldados cuando volvían del frente. Bajamos corriendo al bar Ruso y pedimos ayuda. Entre varios hombres transportaron al negro hasta la Casa de Socorro. El médico de guardia escribió en el parte facultativo: “Fractura de tibia y peroné. Pase al hospital.” Más tarde, mientras liaba un cigarrillo con sus dedos amarillentos por la nicotina, comentaba: “Gracias que esos diablillos lo encontraron, pues seguro que se habría muerto solo, allá en la cueva.”

Capítulo 2. “Botifarra negra”

En los cuatro meses largos que siguieron al final de la guerra no hacíamos más que sorprendernos continuamente en aquel Alicante sofocante de calor, triste, polvoriento, con sus tisis y sus toses, los piojos comunes que nos obligaron a cortarnos el pelo al rape, el piojo verde…
Por sus calles habíamos visto desfilar las tropas victoriosas, con sus regimientos de moros y regulares, con sus turbantes, sus barbas, sis pantalones bombachos, los mismos que cuando buscaban el barrio chino nos preguntaban, “Foqui, foqui Margarita”, y nosotros los oriéntabamos hacia la calle Álvarez, a veces a cambio de un puñado de tabaco o simplemente por la emoción de acompañar a aquellos extraños personajes.
Por las tardes, casi siempre después de comer, se organizaban en la calle partidas de paleta y escampilla, o de largas, o de fútbol, con una pelota de trapo. A los más pequeños se les encomendaba vigilar la posible llegada de algún guardia… <<¡Keo…Keo…!>> Rápidamente se recogía la pelota y la calle quedaba solitaria como por ensalmo, ante la mirada desconfiada del guardia de turno. Después hacíamos incursiones en las casas destruidas por los bombardeos, en busca de imaginarios tesoros, o nos enganchábamos en las traseras de los tranvías; cuando llegaba el cobrador nos tirábamos en marcha.
El día que Kaiko volvió a ver a Juan Lucas, después de su encuentro en la cueva, fue un caluroso domingo de agosto a la hora de la siesta. Había salido de casa mientras los mayores dormían y, al pasar por delante del bar Ruso, casi tropieza con sus enormes piernas, y, al saltar por encima, le pareció ver que entreabría los ojos y se encendía como una luz de reconocimiento, una chispa de inteligencia entre las brumas del alcohol, y Kaiko reaccionó corriendo con todas sus fuerzas. A partir de este episodio le parecía que siempre que se encontraba al negro éste hacía un ademán de ir hacia él, lo cual le provocaba un pánico atroz. Ni siquiera lo comentó con su primo, pero era como un presentimiento, algo que no podía explicar pero que, cuando estaba distraído en sus juegos, le producía un escalofrío, y se le bañaba la frente de sudor sin acertar a saber exactamente la causa de ese temor.
Los domingos por la mañana, cuando el cine Monumental se vació de prisioneros, dieron comienzo los “matinales”. Allí íbamos toda la pandilla para emocionarnos con las películas del oeste americano: Ken Maynard y su caballo “Tarzán”, Bucke Jones, Bob Steele y su guitarra. Eran películas en versión original, en inglés, con subtítulos, y en ellas se sucedían las peleas, los tiros, las persecuciones a caballo. También proyectaban cortos de risa: El “Gordo” y el “Flaco”, “Pamplinas”, “Jaimito… Todo ello amenizado por el continuo trasiego de pipas, juegos al escondite, carreras y, al final del programa, la emocionante rifa de juguetes.

Capítulo 3. Tu madre en cueros…

Kaiko había crecido y los camales de los pantalones le llegaban por encima de unas rodillas huesudas y unas piernas flacas y llenas de chorretones. Estaba bastante delgado, pero siempre luchaba con energía y salía vencedor de sus peleas con otros chicos. Era feliz, pero siempre le quedaba, fugazmente, una sensación de frío interior cada vez que se encontraba en el suelo con la mirada de Juan Lucas, siempre en el sopor de la constante borrachera.
Aquel verano transcurrió, casi sin transición, hacia un otoño frío, ventoso y gris. Empezaron las clases, colegio “La Educación”, en la calle Labradores, colegio “Lope de Vega”, en la calle Quintana, y luego en Campos Vasallo, libretas de caligrafía, “Mi Primer Manuscrito”, “Países y Mares”, “Grado Elemental”… Los dedos y la ropa manchados de tinta, pues escribíamos con palillero y pluma que mojábamos en los tinteros instalados en los pupitres. El recreo consistía en salir a un pequeño patio exterior donde, los que podían, se comían su humilde almuerzo de pan y chocolate de algarrobas. En el colegio “Lope de Vega” había un maestro, don Miguel Fuentes, linier los domingos, que robaba, con enorme tino, el mejor bocadillo. Él disimulaba, pero siempre le quedaban migajas de pan en las solapas.

En el mes de noviembre, por Todos los Santos, era obligada la visita al cementerio. Los de la pandilla de Kaiko hacíamos, por la mañana, una visita al cementerio viejo, ya en desuso, para escudriñar entre los nichos medio caídos alguna calavera o restos de los féretros. Era un cementerio entrañable, pequeño, como de un pueblo grande, y estaba situado en el barrio de San Blas, adonde se llegaba con el tranvía número 5.
Por la tarde íbamos al cementerio nuevo, en la Florida, apretujados en el 7. Allí visitábamos las tumbas de nuestros familiares y no podía faltar la visita a la tumba del torero alicantino Ángel Carratalá, muerto de una cornada.
Desde el cementerio íbamos al Salón España, que era un cine de reestreno donde había un escenario para representar obras de teatro. Por primera vez asistimos a la puesta en escena de Don Juan Tenorio…salíamos muertos de miedo con las escenas del banquete y del camposanto.
La explosión de la granada ocurrió en plenas vacaciones de Navidad. Kaiko y su primo Sevillita habían escalado la muralla grande del castillo y, por la parte de atrás, bajaron hasta la ermita medio derruida del barrio de Santa Cruz, y allí fue donde Sevillita encontró una bomba de mano, medio oxidada, debajo de un trozo grande de yeso desprendido del techo. Nada más entrar en la ermita Kaiko tuvo un estremecimiento parecido al que sentía cuando pensaba que le estaban mirando intensamente a la nuca, y se le puso un nudo en la garganta que le llegaba hasta lo más profundo del pecho. Sevillita, con manos temblorosas, cogió la bomba e hizo ademán de lanzarla contra el enemigo. En eso oyeron una voz que gritaba: <<¡Cuidado!>>, e inmediantamente Kaiko cayó al suelo aplastado por un gran peso, sintió un fuerte dolor en el brazo izquierdo y en la cabeza, y peridó el conocimiento. La explosión arrancó la cabeza de Sevillita y destrozó a la gran masa humana que había salvado, con la suya, la vida de Kaiko.
De no haber estado el pobre Juan Lucas dormitando su borrachera entre las ruinas de la ermita, Kaiko no podría corretear por el Portón, por la casa rota, por la calle de Labradores, llevando en la mano derecha su cartera del colegio, mientras la manga izquierda de la camisa caía, triste, sobre el muñón que había quedado tras la amputación de la mano.
Al año siguiente, por Todos los Santos, Kaiko buscó la fosa común en donde habían enterrado a Juan Lucas y depositó una tablilla de madera en una esquina. En ella había escrito estas palabras:

R.I.P.

Aquí llace (sic) Juan Lucas,
Un negro bueno que me salvó la vida

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Soy fantasma. Esto que escribí cuando era carne lo trae mi hijo Manuel desde el otro lado.

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